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Por José María Villalta
Floréz-Estrada Hoy en día la aprobación previa de una evaluación de impacto
ambiental (EIA) es una condición ineludible para que sujetos privados puedan
obtener concesiones para la construcción y operación de marinas turísticas.
Pero en la Asamblea Legislativa
se discute un proyecto de ley de reforma a la Ley de Marinas (14.836) que,
entre otros cambios dirigidos a debilitar controles ambientales existentes,
establece que primero se otorgarán derechos adquiridos a particulares sobre
nuestras playas y el mar territorial (bienes de dominio público) y después se
les pedirá demostrar la viabilidad ambiental de sus proyectos de marinas.
Los promotores de esta genialidad
afirman que su objetivo es que los inversionistas “se sientan más seguros
jurídicamente” ya que les facilita promocionar la venta de sus servicios,
gestionar préstamos y hasta iniciar planos. También nos dicen que es un cambio
“inofensivo”, porque si las EIAs son rechazadas por SETENA, las concesiones
serán dejadas “sin efecto.”
Lo que no nos dicen es que se
trata de una reforma inconstitucional, pues en reiteradas ocasiones la Sala IV
ha dicho que esta idea de exigir “los estudios de impacto ambiental después de
aprobada la concesión de exploración o explotación sobre todo en caso de
particulares, es contraria a los fines, propósitos y obligaciones
constitucionales en materia ambiental, en tanto el contrato una vez suscrito
crea derechos en favor del interesado.” (Votos Nº 6240-93, 2001-4245, 2002-1221
y 2004-13414)
Tampoco nos dicen que esta
“concesión temporal” es la misma que se había incluido en el artículo 41 de la
Ley de Hidrocarburos y que la Sala anuló por las razones apuntadas. Al igual
que el proyecto de marinas, esa norma también “condicionaba” las concesiones
petroleras a la aprobación posterior de la EIA.
Desde 1993 se había advertido
sobre la inconstitucionalidad de dar derechos a las trasnacionales sobre bienes
de todos los y las costarricenses antes de que hayan probado que lo que quieren
hacer con ellos no dañará el ambiente. Pero los diputados igual aprobaron la
Ley de Hidrocarburos con ese defecto, lo que permitió que en 1999 el Gobierno
le diera una concesión a la trasnacional Harken para explorar y explotar
petróleo en el Caribe, a pesar de que nunca demostró la viabilidad ambiental de
su proyecto. Esto provocó un conflicto social de gigantescas proporciones que
se agravó en 2002 cuando la SETENA rechazó el EIA presentado por Harken. Como
era de esperar, la empresa presentó demandas multimillonarias contra el Estado
costarricense por haber violado sus “derechos legítimos derivados del Contrato
de Concesión para la exploración y explotación de hidrocarburos.”
Este conflicto podría haberse
evitado si la Asamblea hubiera escuchado. Pero hoy como ayer, los promotores
del “proyecto de marinas”, no aprenden de los errores del pasado. En carta
enviada a los diputados cientos de vecinos del Comité Unido por Talamanca
advierten sobre los beneficios indebidos que la reforma traerá para los
inversionistas que pretenden construir una mega-marina frente a las hermosas
playas de Puerto Viejo: “al tener ya una concesión cuentan con un arma poderos
para presentar millonarias demandas contra el país, alegando que se les está
afectando sus derechos adquiridos si con posterioridad esa concesión es
revocada.” ¿Y los diputados? Oídos sordos.
Lo más grave es que esta reforma
va de la mano con el TLC. Perfectamente podríamos incluirla en la agenda de
implementación. La petrolera Harken había intentado demandar a Costa Rica por
57 mil millones de dólares ante los tribunales privados internacionales del
Banco Mundial. Pero como el TLC no estaba aprobado, no pudo obligarnos a ir a
estos juicios desiguales donde Mr. Zoellick nombra los jueces. Ahora las
trasnacionales de las marinas sí podrán, cada vez que nuestras autoridades no
den viabilidad ambiental “express” a sus proyectos.
Con la ley actual los inversionistas
que carecen de proyectos viables en lo ambiental, solo tienen una “expectativa
de derecho”. En cambio, ahora podrán decir que se les están “expropiando” sus
derechos consolidados, si la SETENA rechaza tales proyectos. Y tendrán mejores
condiciones para “torcerle el brazo” a las autoridades locales ¿Cómo les van a
declarar los proyectos inviables si ya gestionaron préstamos millonarios?
La participación de la gente
afectada también quedará diezmada, porque las audiencias públicas serán cuando ya
se dieron los derechos a los transnacionales. Es decir, sigue la guerra contra
la naturaleza y las comunidades. ¿Cuánto más vamos a aguantar?
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